Universalismo, filosofía e Ilustración

*Por Gregor Dotzauer

La disputa entre universalistas y relativistas es un problema filosófico de larga data, o bien podría decirse, un tema ya viejo. Ha estallado cientos de veces y de la misma manera ha sido también archivado. ¿Se aplican los principios morales a todas las personas independientemente de su cultura, época y tradición, o bien las verdades con las que se comprometen las sociedades son producto de las respectivas relaciones de poder y de sus circunstancias?

Aquellos que tienden hacia la primera posición son rápidamente etiquetados como eurocéntricos, incapaces de captar la diversidad real del mundo. Aquellos que tienden hacia la segunda son rápidamente etiquetados como nihilistas, personas que promueven Sodoma y Gomorra al considerar que todo es igualmente permisible.

Entre quienes median en este dilema se ha distinguido de manera particular Michael Walzer, filósofo y profesor emérito del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, quien cree que las comunidades desarrollan sus valores a través de la coexistencia local y luego los aplican a los conflictos en otros lugares. Moralidad en el ámbito local e internacional fue el título del libro en el que, en el año 1994, Walzer propuso distinguir entre argumentos morales “densos” y “ligeros”.

Eran “densos” por las certezas saturadas de experiencia, probadas en la vida cotidiana. Eran “ligeros” por los estándares que de él se derivan, que pueden exportarse en una forma más débil, reduciéndose a unas cuantas creencias básicas. Walzer simplemente invirtió la perspectiva según la cual los principios universales se adaptan a la propia cultura. Los universalistas perturbados lo castigaron tildándolo de particularista sin fundamento.

Mientras tanto, los frentes hace tiempo que volvieron a ser irreconciliables. La izquierda poscolonial ataca el universalismo como una invención imperialista y argumenta, entre otras cosas, que el más grande de todos los universalistas, Immanuel Kant, al igual que Hegel, hizo comentarios despectivos sobre otras razas. A cambio, esta izquierda identitaria pone en juego todo lo que es no occidental, no cristiano y no heteronormativo y le permite luchar por la representación, menos en nombre de esfuerzos legítimos de emancipación que en la forma de un lobby hostil.

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El autor del libro, el filósofo israelí Omri Boehm.

El israelí Omri Boehm, profesor de la New School for Social Research de Nueva York, quiere ahora rehabilitar el universalismo y defenderlo frente a las maniobras de la política identitaria. Usando el ejemplo de la pintura “Ataúd abierto”, exhibida en el Museo Whitney en 2017, que muestra al adolescente negro Emmett Till asesinado por blancos en su ataúd, explica cómo una crítica hipertrófica de la apropiación cultural (la pintora Dana Schutz es blanca) torpedea los ideales universalistas desde su base.

Polémica contra el liberalismo

Su ensayo Universalismo radical prosigue esta crítica de una cultura de la cancelación, cuyas sub facciones corren el peligro de eliminarse mutuamente del campo discursivo, pero únicamente de manera incidental. Lo inquietante es que su libro es, de manera principal, una polémica contra escuelas tan diferentes como el liberalismo y el pragmatismo.

En su búsqueda “de una ley superior que no sea creada por el hombre”, Omri Boehm polemiza contra John Rawls, quien se convirtió en el filósofo de la socialdemocracia con su Teoría de la justicia. Ataca a Richard Rorty, el más destacado sucesor del filósofo pragmático John Dewey, a su vez receptor de las enseñanzas de Oliver Wendell Holmes Jr. Afirma Boehm, con inequívoca dureza: “el liberalismo no es humanismo”; está cometiendo una “traición al universalismo”.

Hace unos años, Boehm causó revuelo cuando recomendó abandonar la solución de dos Estados en favor de una federación binacional de israelíes y palestinos. Haifa Republic (2021) fue un libro político con una perspectiva filosófica. Universalismo radical es un libro filosófico con una perspectiva política.

La iniciativa cosmopolita

En cierto sentido, Boehm, quien apoya la iniciativa promovida por instituciones culturales, Weltoffenheit GG 5.3 —“apertura del mundo” y referencia a la Constitución alemana artículo 5, párrafo 3— y condena tanto la caracterización del BDS (movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones) como antisemita, de igual manera que sus llamamientos al boicot a Israel, proporciona con ello la justificación teórica de sus ideas prácticas. Es más, mientras Richard Rorty siempre enfatizó que la democracia viene antes que la filosofía y requiere como máximo una articulación filosófica, pero no una fundamentación, él insiste en que la filosofía viene antes que la democracia.

Para Boehm, el “universalismo radical” es, en sus propias palabras, una contrapropuesta a Forjar nuestro país de Rorty, un libro que bebe de las mejores tradiciones de Estados Unidos para desarrollar una especie de igualitarismo patriótico. Desde su punto de vista, Rorty no va más allá de un “liberalismo del nosotros” que no tiene el poder inclusivo de una visión verdaderamente humana.

Sorprendentemente, las quejas de Boehm no tienen ninguna importancia en la vida cotidiana: probablemente comparte muchas ideas políticas con la mayoría de sus oponentes liberales y pragmáticos. ¿No fue Rorty quien, mucho antes de que la gente comenzara a quejarse de los excesos de la conciencia política, recordó a la izquierda cultural que debía preocuparse por cuestiones económicas básicas?

El paradigma histórico que examina Omri Boehm es la lucha de Estados Unidos para abolir la esclavitud, con atisbos que se extienden al movimiento por los derechos civiles de la década de 1960 con Martin Luther King. Sin embargo, la pregunta de qué consecuencias morales pueden derivarse de esto siempre tiene como subtexto el conflicto entre israelíes y palestinos.

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La lucha contra la esclavitud en Estados Unidos es el paradigma del que se vale Boehm.

El ensayo de Boehm comienza con un estudio de caso de John Brown, un abolicionista blanco que, con un grupo de seguidores, asaltó Harpers Ferry, una armería en Virginia, en 1859. Se suponía que los esclavos usarían el botín para iniciar una guerra de liberación. Eso salió del todo mal. Brown, moralista y monomaníaco por naturaleza, fue capturado, sentenciado a muerte y ahorcado.

Henry David Thoreau y Víctor Hugo consideraron la ejecución como una grave injusticia en su época. Otros, como Nathaniel Hawthorne, declararon que Brown era un “fanático sediento de sangre”. En diversas variantes, Boehm retoma una formulación de Víctor Hugo extraída de una carta abierta al periódico London Times. “Me parecía”, escribe Hugo, “que el día de la ejecución de Brown, una parte de la Ilustración de la humanidad se oscurecería, que incluso las ideas de justicia e injusticia se ensombrecerían el día en que presenciara el asesinato de la emancipación a manos de la libertad”.

El asesinato de la emancipación a manos de la libertad: Boehm ve esto como la revocación de la promesa de la Ilustración de garantizar la fraternidad. La ejecución de John Brown no solamente fue injusta, sino que distorsionó el concepto mismo de justicia.

Las leyes injustas no son leyes

Cualquiera que argumente así debe necesariamente situarse por encima de la figura histórica de John Brown. Cualquiera que sea la forma en que se juzgue su conducta en ese momento, él actuó al servicio de principios universalistas eternos, sin tener en cuenta la ley aplicable. Siguiendo a Martin Luther King, Boehm argumenta convincentemente que las leyes injustas no son leyes en absoluto: pueden ignorarse. La única pregunta es: ¿qué instancia tiene la autoridad para juzgar la justicia y la injusticia?, ¿dónde está la línea que separa la rebelión legítima del terrorismo?

Si la resistencia armada de John Brown y el pacifismo cristiano de Martin Luther King rindieron homenaje a los principios universalistas, ¿no fueron los críticos más duros de King —Malcolm X, quien lideró junto con Elijah Muhammad la organización la Nación del Islam, y el movimiento Panteras Negras— particularistas despreciables al simplemente sustituir la supremacía blanca por la supremacía negra? Ellos ni siquiera entran en el enfoque de Boehm.

Boehm aboga por un universalismo que pueda apelar a una autoridad superior que trascienda las leyes morales del individuo, así como las de la comunidad. Con Kant, habla varias veces de una “idea metafísica de la humanidad” y de “principios metafísicos de la justicia”. Con “metafísica”, Boehm de manera inicial solamente quiere rechazar la “reducción positivista del hombre a la naturaleza ciega”: con ella, de hecho, no se puede alcanzar la moralidad. La mayoría de sus oponentes probablemente estarían de acuerdo en esto.

Pero hay más en juego. Para Boehm, la sustitución del concepto de verdad por el concepto de consenso es una espina en su costado. No se puede negar que la mera construcción de consenso puede conducir a mentiras e injusticias. Sin embargo, temer a la “tiranía de la mayoría”, como lo hacía Tocqueville, es ignorar la realidad de las sociedades democráticas modernas. Ellas viven de mayorías cambiantes y de la esperanza de que la composición de los parlamentos cambie como cambia la opinión pública. Por eso uno se somete a la ley y al orden incluso en la contradicción.

La verdad en singular

En este sentido, el singular uso que Omri Boehm hace de la verdad es más que cuestionable. ¿No son la pena de muerte o el aborto ejemplos clásicos de cómo las sociedades necesitan soluciones de consenso con fundamento legal porque las regulaciones correspondientes se basan en buenos argumentos, pero no en una justificación última?

No hay necesidad de pulverizar el concepto de verdad como lo hizo Richard Rorty de manera casi desafiante en sus últimos años. Pero todo lo provisional, como afirma Rorty, en cuanto escéptico, sobre todo el conocimiento, es sospechoso para Boehm. Si bien acepta el recordatorio de Rorty de la contingencia de nuestra existencia, es decir, el hecho de que nacemos en circunstancias de cuya “huella ciega del azar” no podemos escapar, intenta superar esta limitación con el concepto kantiano de la Ilustración.

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El sacrificio de Isaac, pintura de Caravaggio.

Lo hace sin Dios, pero no sin una dimensión religiosa. Del mismo modo que Jürgen Habermas ha intentado en los últimos años traducir los contenidos religiosos a contenidos seculares, Boehm intenta salvar la figura del profeta para el mundo actual con la ayuda de Maimónides, el gran racionalista sefardí, y del rabino Abraham Joshua Heschel. No solamente se trata de una tarea ambivalente en vista de los numerosos falsos profetas, sino que también falta una idea clara de lo que realmente debería significar la traducción en este contexto. ¿Qué pasa, pregunta alguna vez Boehm, si “lo que elude la traducción de las formas metafísicas y religiosas de pensamiento es la idea misma del universalismo?”.

El golpe maestro, sin embargo, está —sobre los hombros de Kant— en una lectura revisada del relato del Antiguo Testamento de la “atadura de Isaac”, como se denomina en el contexto judío al sacrificio del hijo de Abraham, sacrificio suspendido en el último momento. Boehm demuestra filológicamente que el ángel que aparece e impide a Abraham realizar su acción fue añadido al texto más tarde. De este modo, Abraham aparece como un modelo universalista que incluso ignora la autoridad de Dios. Se podrían plantear muchas objeciones contra este punto general del ensayo, a menudo errático, pero también apasionadamente claro, de Boehm. Pero la principal es: ¿acaso el abandono de su hijo por Abraham realmente requiere algo más que estándares humanos?

Artículo aparecido originalmente en Der Tagespiegel 07.09.2022. Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia

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“Universalismo radical”. Omri Boehm. (Trad. I. Jové). Editorial Taurus, Barcelona, 2025, 190 pp.

* Gregor Dotzauer (1962), estudió alemán, filosofía y musicología en Würzburg y Frankfurt am Main antes de empezar a escribir sobre literatura y cine para el Frankfurter Allgemeine Zeitung, Die Zeit y Süddeutsche Zeitung. En 1999, se incorporó a Tagesspiegel de Berlín como editor literario. En 2009, recibió el Premio Alfred Kerr de Crítica Literaria. Es autor del libro Schläft ein Lied in allen Dingen (2022).

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