El marqués de Morès, el primer fascista
* Por Alessandro Vanoli
Este libro habla de muchas cosas. Para empezar, del marqués Antoine de Morès, y de su extraordinario y terrible itinerario, que a finales del siglo XIX lo llevaría desde América al sudeste asiático, experimentando ilusiones y fracasos, en un crescendo de odio y violencia antisemita. Y habla, obviamente, del mundo que lo rodeaba. De los fermentos sociales y culturales durante los turbulentos años de la Francia posrevolucionaria; del Segundo Imperio y de una renovada sociedad nobiliaria hecha de vanidades mundanas, espectáculos de variedades y placeres más o menos legítimos; del advenimiento de una sociedad de consumo moderna, de las comunicaciones, de la moda y, junto con ella, de una burguesía insegura, que se sentía amenazada por los movimientos obreros y las cíclicas crisis económicas y, por ello, cada vez más apegada al orden y a la defensa de la propiedad. Pero este libro también habla de un mundo ya global, impulsado por las fuerzas de un imperialismo cada vez más violento. Una sed de conquista y dominación que cruza el planeta: desde las praderas de Norteamérica hasta las llanuras fluviales del sudeste asiático, pasando por el gran desierto del Sahara.
Ya que este libro es sobre todo una biografía, será bueno seguir esta como rastro principal. Porque el “primer fascista” aludido en el título es precisamente Antoine Morès, o mejor, Antoine Amédée Marie Vincent Manca de Vallombrosa, marqués de Morès, nacido con una buena cantidad de títulos nobiliarios, algunos de los cuales incluso lo vinculaban con Cerdeña (Morès es, en realidad, la adaptación francesa de Mores, un pueblo al interior de Sassari). Como noble que era, el arribar a la carrera militar era casi algo obligado, pero tardó poco en darse cuenta de que no sería su destino. La inquietud y los fracasos comenzaron tempranamente a marcar su vida, y con ellos surgió un sordo y creciente resentimiento que pronto acabó tomando la forma de un severo antisemitismo.
Morès como cowboy en su aventura en Estados Unidos
Tras un colapso bancario inicial y la intervención de su padre para saldar sus deudas, para Morès se abre un periodo de aventuras internacionales y hazañas casi picarescas. Se casó con Medora Hoffman, hija de un rico banquero de Wall Street, y se mudó a Estados Unidos, donde se inició en el comercio de carne bovina, que por entonces estaba viviendo una revolución por las nuevas técnicas de refrigeración. El resultado fue una historia digna de una novela: entre enfrentamientos con vaqueros, la fundación de un pueblo —Medora, en honor a su esposa— y el encuentro y la amistad con nada menos que Theodore Roosevelt, futuro presidente de Estados Unidos. Pero, al final, de todo esto no resultaría sino otro fracaso, que Morès obviamente atribuiría a las malvadas intrigas de comerciantes judíos.
Desde allí, otros viajes: Hong Kong, la India y el proyecto, nunca realizado, de un ferrocarril francés hasta el Golfo de Tonkín. Luego vinieron sus años de la política en Francia, entre 1888 y 1893, justo antes del Caso Dreyfus: Morès promovió un nacionalismo agresivo y un antisemitismo militante, organizando grupos de activistas dispuestos a la lucha callejera y recurriendo a un lenguaje político que exaltaba la fuerza, rechazaba el parlamentarismo y apuntaba a la movilización directa de las masas.
Caricatura de Morès por su antisemitismo
Una trayectoria trágica y destructiva que lo llevó a otro fracaso más, quizá aún más humillante dada la publicidad de su condena. Esto también lo impulsó a viajar nuevamente. Fue en 1894 cuando viajó por primera vez a Argelia, donde elaboró su último proyecto: un delirio geopolítico que preveía una especie de alianza franco-musulmana con intenciones antisemitas y antibritánicas.
Así que se fue al desierto en busca de su ejército, pero fue su última misión: él y los demás miembros de su caravana fueron masacrados por los tuareg. Una muerte trágica que seguramente contribuyó a construir la leyenda y a hacer de Morès en una de las figuras de referencia entre quienes, en Francia y otros países, comenzaban a invocar tanto la solidaridad interclasista como el antisemitismo, uniendo la exaltación ideológica con un creciente recurso a la violencia.
Y aquí se llega al tema que introduce el título. ¿De qué maneras puede Morès ser considerado un “precursor” del fascismo? Y, a la inversa, ¿de qué maneras puede la historia de su figura ofrecer una perspectiva útil para comprender la formación de estilos, lenguajes y prácticas políticas que posteriormente convergerían en el fascismo en sentido estricto y en las experiencias más autoritarias de la política de la primera mitad del siglo XX? Son cuestiones que, obviamente, acaban involucrándose en el debate más amplio sobre los orígenes del fascismo, aquel que ha animado, en mayor o menor medida, la historiografía y el pensamiento politológico desde al menos la época de Hannah Arendt, entre quienes lo han visto sobre todo como una ruptura histórica, en cuanto primer experimento totalitario definido por el resultado de la Primera Guerra Mundial (como, para dar un ejemplo importante, la posición de Emilio Gentile), y quienes, en cambio, remontan las raíces profundas al siglo XIX (una excelente visión general de este debate es la que ofrece Enzo Traverso, en “Interpreting Fascism: Mosse, Sternhell and Gentile in Comparative Perspective”, en la revista Constellations15-3, de 2008). Más allá de la compatibilidad razonable de tales posiciones, es evidente que Luzzatto se mueve principalmente en la segunda dirección. Y no se puede sino concordar con él, cuando menos por dos buenas razones. En primer lugar, por la evidencia aportada por la figura de Morès: un hombre que durante toda su vida se moverá entre la violencia, la intimidación y la propaganda; llevado por un antisemitismo militante y el ansia de la movilización emotiva de las masas. En segundo lugar, por el trasfondo social y cultural que la figura de Morès ayuda a esclarecer. Comenzando por Édouard Drumont, autor de un pasquín bastante sórdido, La France juive, y el gran teórico del antisemitismo francés. Pero, en última instancia, aunque influyente, fue una figura intelectualmente irrelevante en relación con la galaxia más compleja de nacionalistas exasperados y de escritores antisemitas; como Maurice Barrès, quien el 5 de enero de 1895 asistió a la degradación pública del oficial Alfred Dreyfus y quien, en un artículo al día siguiente, lo definió como de traidor y Judas.
Degradación de Dreyfus, acusado falsamente de espionaje
Además, creo que podemos concordar con Luzzatto en decir que todo esto no significa que la tesis de los orígenes franceses del fascismo (aquella famosa propuesta de Zeev Sternhell en La droite révolutionnaire. Les origines françaises du fascisme, Seuil, 1978) deba tomarse al pie de la letra. Al contrario, como señalaron los críticos, se trataba sobre todo de una genealogía esencialista: hecha casi exclusivamente de ideas, desvinculada de la existencia concreta de un partido o un régimen. Y las formas históricas de una ideología tan fluida deben estudiarse a través de las prácticas más que a través de las teorías; porque desde sus orígenes, el fascismo ha sido, más que un sistema de pensamiento, un sistema de acción.
Y Morès encarnó todo esto: un hombre de acción más que un hombre de pensamiento, llevado a todos los extremos de la obsesión de reafirmar la primacía de los cristianos blancos, que él consideraba un derecho de nacimiento; capaz de mezclar odio racial, supuesta solidaridad interclasista (la palabra “populismo” estaba aún por llegar) y violencia organizada. Esa combinación a la que Mussolini le daría más tarde el nombre de fascismo, pero que en Morès vio, si no a su inventor, seguramente al menos a uno de sus padres o precursores.
A menudo, en casos similares de ensayos biográficos, se comenta al margen diciendo que “el libro se lee como una novela” (aludiendo implícitamente a una necesaria mayor facilidad del género novela, lo cual, sin embargo, me parece que aún queda por ser demostrado, o al menos bastante por ser debatido). Pero no es este el caso: el texto, si bien evoca formas típicas de la narrativa biográfica, es en realidad complejo y se define más bien por el rigor del análisis. Y esto es lo que lo hace importante: porque es ese tipo de rigor el que nos permite profundizar lo suficiente para encontrar huellas profundas de lo que ha atravesado el siglo XX y que, al menos en parte, lamentablemente no parece habernos abandonado en este primer cuarto del siglo XXI. El populismo y la violencia, en el fondo, se nutren también de lo mismo: empiezan por la fácil, vulgar y ciega necesidad de un enemigo.
Artículo aparecido en Doppiozero 17.04.2026. Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia
“El primer fascista”. Sergio Luzzatto. (Trad. M. Figueras). Editorial Pasado & Presente, Barcelona, 2026, 640 pp.
* Alessandro Vanoli es un historiador experto en la historia mediterránea. Fue profesor en la Universidad de Bolonia y ha colaborado con las de Salamanca, Granada, Nueva York, Ámsterdam o Ciudad de México. Es autor de varios libros, entre los que se cuentan, traducidos al castellano Invierno: el relato de la espera (2019), Historia del mar (2024), La invención de Occidente (2025) y es coautor (con Franco Cardini) de La Ruta de la Seda (2022).
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