Las cartas de Oliver Sacks, detective del alma
* Por A. J. Lees
Este libro de cartas escogidas por Kate Edgar, colaboradora por mucho tiempo de Oliver Sacks, proviene de intercambios de él con sus padres, su tía Len, dos de sus hermanos, amigos, colegas médicos, pacientes, mentores literarios y científicos, conocidos y corresponsales a quienes nunca conoció. Aunque la colección tiene 900 páginas, representa una minúscula fracción de su acervo epistolar (unas 35.000 cartas que llenan 70 cajas). Junto con otro material de archivo, este ha sido adquirido por la Biblioteca Pública de Nueva York.
A Oliver Sacks le gustaba recibir y abrir cartas. Nunca tuvo un computador ni teléfono inteligente, y no sabía quién era Michael Jackson. Conservaba la correspondencia recibida y dedicaba muchas horas cada semana a responderla, a menudo con gran extensión, en períodos de tranquilidad reflexiva. Muchas de sus cartas más largas fueron escritas a mano con su pluma fuente Waterman o Montblanc. Su letra era nítida y, para ser médico, bastante legible; algunos sustantivos aparecían con inusuales mayúsculas, y utilizaba con frecuencia paréntesis y algún subrayado. Anotaciones de último momento se habían garabateado en los márgenes. Él padecía de hipergrafía al igual que prosopagnosia (no podía reconocer rostros), y podía escribir sin parar durante horas. A veces respondía usando una máquina de escribir manual Olympia, tecleando con dos dedos a un ritmo frenético, como una ametralladora, creando rápidamente montones de material escrito con pequeñas erratas y tachaduras. Desde la década de 1970, también guardaba copias al carbón de sus respuestas.
Las aproximadamente 350 cartas seleccionadas se han dividido en épocas: la primera data del verano de 1960, tras su llegada a California a la edad de 27 años, y la última de las semanas previas a su muerte. Desde el principio, ellas son literarias en estilo y sugieren que él ya poseía una gran confianza en su propia capacidad para escribir bien. Escribir cartas literarias discursivas se ha convertido en un arte en extinción, y esta colección podría ser uno de los últimos ejemplos publicados del género por un autor contemporáneo. Evitar el servicio militar obligatorio, la Ley de Enmienda del Derecho Penal, que volvió ilegales los actos homosexuales como indecencia grave hasta 1967, el trauma de compartir hogar con un hermano menor esquizofrénico y una madre cirujana dominante que le dijo a Oliver, cuando tenía 18 años, que deseaba que nunca hubiera nacido, y las limitadas oportunidades de ascenso en la neurología británica en aquel entonces, fueron solo algunas de las posibles razones por las que se marchó a Estados Unidos para comenzar una nueva vida.
Oliver Sacks en su moto, de joven.
Como adolescente, era alguien arriesgado al que le encantaba la velocidad. Solía frecuentar a los aficionados a las motos de la época de los “Ton-Up” en el Café Ace de la North Circular Road, y una de las primeras cosas que hizo al llegar a San Francisco fue comprarse una motocicleta BSA. Durante su residencia en neurología en el hospital Mount Zion, no le importaba conducir cientos de kilómetros de noche, a menudo avivado por anfetaminas. Empezó a escribir lo que más tarde llamaría “narrativas antropológicas preclínicas” sobre los paisajes que lo habían maravillado y la gente que había conocido. Hay varias cartas escritas al poeta Thom Gunn, también londinense, que se había instalado con su pareja en San Francisco en 1954. Gunn llevaba una peligrosa vida bohemia, conduciendo una Harley-Davidson, vistiendo una chaqueta de cuero y botas negras, y luciendo un tatuaje de pantera y un pendiente. Jonathan Miller, su viejo amigo de la infancia, le había regalado a Sacks un ejemplar de uno de los libros de poesía de Gunn, que incluía “En movimiento”, un poema sobre motocicletas (“En motocicletas, en el camino, vienen: / pequeños, negros, como moscas flotando en el calor, los chicos”). Tras leer el poema, Sacks le escribe a Miller que supo al instante que acabaría en San Francisco y que llegaría a conocer y amar a Gunn. Sacks busca a Gunn apenas llega. En su primer encuentro, en un bar frecuentado por amantes del cuero en el Embarcadero, Sacks queda deslumbrado por el carisma y la seguridad en sí mismo del poeta. Se incluye una nota a pie de página de una carta de Gunn a su pareja, Mike Kitay, que describe este primer encuentro:
“Hay un judío londinense marica y colosalmente grande llamado Wolf, estudiante de medicina y amigo de Jonathan Miller, que dice que mi poesía le cambió la vida —le hizo comprarse una bicicleta y vestir de cuero, y va por ahí como un torbellino— y se fue para ser médico, y vino aquí porque yo vivo aquí”.
Con el tiempo, los dos hombres se hicieron amigos y Gunn fue su musa literaria, un confidente y un crítico sincero de la obra de Sacks durante más de 40 años.
Las cartas de Sacks desde San Francisco, Los Ángeles y sus primeros años en Nueva York suelen ser contradictorias, narcisistas, ambivalentes, crueles y atormentadas. Hubo muchos momentos en que estuvo al límite, patológicamente suspicaz y convencido de que se estaba volviendo loco. Durante este período autodestructivo, usó grandes cantidades de estimulantes para apartar la infelicidad, acelerar sus pensamientos y perder peso. Gunn, un consumidor habitual de estimulantes y psicodélicos, comentó que, incluso para sus propios estándares liberales, el consumo de anfetaminas de Sacks a menudo alcanzaba niveles industriales. Sus cartas a casa seguían un patrón recurrente. Describe cada una de sus designaciones en el hospital con un efusivo optimismo y luego, a medida que la dura realidad de la formación en neurología se va haciendo patente en las cartas posteriores, se ve invadido por una profunda decepción con su trabajo. Los aspectos de la medicina moderna que no le habían gustado en Inglaterra se acentuaban aún más en Estados Unidos.
Hay más revelaciones de las tensiones entre Sacks y la comunidad médica. Parece que tenía la propensión a generar no solo irritación, sino también envidia y celos maliciosos en algunos de sus superiores médicos. Algunas de las cartas airadas e indignadas que les escribió a sus jefes parecen poco acertadas, y otras probablemente nunca llegaron a enviarse. En Los Ángeles, trabajó bajo la supervisión de Augustus Rose, un eminente neuropsiquiatra. Rose lo animó a perfeccionar su capacidad de observación del comportamiento, pero se vio obligado a sancionarlo por sustraer leche de la cocina del hospital y servirse comida de las bandejas de los pacientes. Rose también insistió en que se afeitara su espesa barba. Después de que Sacks dejara el departamento, Rose lo describió como “una mezcla de inconformismo, con [un] toque de irresponsabilidad y brillantez, unidos a una intensa energía y una gran capacidad”. Sacks describió sus propias idiosincrasias como “el desorden, la impuntualidad, mi gran tamaño, mi andar de pato”.
Sacks con su máquina de escribir.
Al haber encontrado los rigores de la práctica clínica hospitalaria exigentes e insatisfactorios, en la Escuela de Medicina Albert Einstein de Nueva York, en 1965, Sacks probó suerte en la neuroquímica y la neuropatología, pero se dio cuenta de que no tenía aptitudes para el trabajo de laboratorio y que su interés en la ciencia era principalmente literario. Comenzó a odiar Nueva York, como antes había odiado California. Hubo momentos en que sintió el deseo de regresar a Inglaterra y trabajar en psiquiatría. Luego, aceptó varios trabajos a tiempo parcial viendo pacientes en el Centro Psiquiátrico del Bronx, enseñando a estudiantes de medicina en el hospital Beth Abraham y trabajando en una clínica de cefaleas. Fue durante este período de inestabilidad en su vida que descubrió que era más feliz trabajando en asilos y residencias de ancianos, donde podía dedicar más tiempo a conocer a sus pacientes. Su mejor investigación neurológica, que dio como resultado su mejor libro, tuvo lugar al año siguiente en los pabellones de larga estadía del hospital Beth Abraham. Sus cuadernos están repletos de observaciones originales y, en una carta a sus padres, escribe triunfalmente:
“Hace un año ni siquiera lo habría sospechado: mis queridos pacientes postencefalíticos, y sus infinitamente variadas reacciones a la L-dopa me han conducido a un vasto paisaje de estudio clínico, realmente al trabajo de toda una vida. Y para cuando termine con ellos, habré obtenido una experiencia y un conocimiento del comportamiento primitivo (subcortical) como nadie más, por no hablar de los ‘pluses’ como el estudio de los tics, obsesiones, manierismos, distorsiones perceptivas, repuntes de memoria, etc., a medida que se producen en los pacientes”.
Si Sacks hubiera nacido cien años antes, habría encontrado su vocación como director médico en un centro como el Asilo para enfermos mentales indigentes de West Riding, cerca de Wakefield, que desempeñó un papel central en el surgimiento de la neurología británica. Tal puesto le habría permitido explorar la terapía de la música y de la danza, introducir métodos innovadores de atención para personas con enfermedades mentales y discapacidades neurológicas, y reflexionar todo lo que hubiera querido sobre el significado y la importancia de los síntomas. También habría sido muy feliz viviendo en el hospital, como lo fue durante un tiempo en el Beth Abraham.
Muchos de sus primeros artículos de investigación clínica sobre el síndrome de Parkinson postencefalítico fueron rechazados por revistas médicas revisadas por pares como The Lancet y Brain, no por falta de originalidad o interés del lector, sino porque su estilo de escritura era “desorganizado” y “novelístico”. En uno de sus pocos artículos publicados, fue puesto en la picota por sus colegas en la sección de correspondencia por llamar la atención sobre los efectos secundarios no deseados de la L-dopa. Estas experiencias negativas le hicieron darse cuenta que su único recurso era escribir libros, pero, como pronto descubriría, no se consideraba una “buena práctica” publicar antes de haberse consolidado como un experto reconocido en la materia. Además, era muy consciente del riesgo de violar la confidencialidad del paciente incluso con su consentimiento, y de explotar inadvertidamente a sus pacientes para sus propias aspiraciones literarias.
Él escribe en una carta a sus padres que su jefe, el doctor Arnold Friedman, director de la Clínica de Cefaleas Montefiore, al enterarse de su plan de escribir un libro basado en su experiencia en la clínica, lo trató con hostilidad, le prohibió llevarse a casa sus propias notas clínicas y finalmente lo despidió. En un estado de angustia, anota:
“Topé con diversos callejones sin salida, en particular mi jefe Friedman, que veía en el manuscrito una originalidad de la que él carecía y que detestaba, y una promesa de éxito y calidad que amenazaba con arrojar al olvido sus propias, innumerables (ciento setenta y cuatro) y triviales publicaciones de pacotilla… Adoptó una actitud de franca paranoia: ‘Sacks’ —antes me llamaba Oliver—, ‘se ha precipitado. No puede hacer esto. Es… presuntuoso. Me niego a que utilice material clínico de la Unidad de Cefaleas’”.
Sacks, en septiembre de 1968, se propuso reescribir su libro sobre la migraña, produciendo un manuscrito completamente nuevo en solamente 10 días, en un estado de exaltación. Finalmente, la editorial Faber & Faber lo publicó en 1970. Más tarde, en otra carta, acusa a Friedman de plagiar su libro al publicar varios de sus capítulos como si fueran obra suya. En 1971, recibió una carta con la habitual franqueza de opinión de Thom Gunn. Sacks le respondió:
“Una frase de tu carta me dejó perplejo: que mi libro le aterrorizaba (¿?). Creo que en parte se debe a que hay algo en él (y en mí) que se regodea en los síntomas de mis pacientes y que, admirando su estructura, olvida el sufrimiento que representan. Algunos de mis pacientes compartían este sentimiento, y me regalaban ramilletes de síntomas”.
Las cartas también dejan muy en claro cuán importantes fueron para su equilibrio mental sus citas dos veces a la semana con su nuevo psicoanalista, Leonard Shengold. Con el apoyo de Shengold, él pudo dejar de consumir drogas y comprenderse mejor a sí mismo. Posteriormente, Shengold se interesó por el impacto catastrófico del abuso y la negligencia prolongados en los niños, a lo que se refería como “asesinato del alma”. Creía que gran parte del sufrimiento de Sacks se originaba en su evacuación forzosa, entre los 6 y los 10 años, a un internado en el campo.
Los pacientes de Sacks fueron otro apoyo emocional reconocido para él en ese momento, lo que le hizo reacio a abandonar del todo la neurología, incluso después de haberse convertido en una celebrada figura literaria con generosas regalías. También reconoce el aliento y los consejos que recibió de W.H. Auden, quien estaba interesado en sus “relatos neurológicos”. (Existen varias cartas que muestran el desarrollo de su amistad).
En una carta de 1970 a Paul Turner, quien había sido contemporáneo suyo durante su periodo de práctica en el Hospital Middlesex y que ahora era catedrático de Farmacología Clínica en el Hospital St. Bartholomew, describe de forma reveladora una tarde en la que estuvo sentado en la consulta de Donald Calne, una estrella emergente en la neurología británica:
“Fui a ver a Calne en Hammersmith, al día siguiente de encontrarnos, y lo vi muy brillante, entusiasta, pero esencialmente pedestre… Ver a Calne, asistir a su clínica y leer su libro también fueron experiencias muy significativas para mí, pues pusieron de manifiesto la antítesis de nuestros dos estilos. Él permanece sentado en su clínica, atento, ordenado, rápido, con un montón de hojas de pruebas pautadas delante de él, reduciendo enseguida a sus pacientes a la puntuación de cada test, y prestándoles (a menos que yo no le haga justicia) casi ninguna atención como personas: temblor 3, rigidez 2 ½, acinesia 4, siguiente paciente por favor, etc. (…) En un sentido muy básico, cuando se han hecho todas las clasificaciones y valoraciones y pruebas y mediciones, y se han rellenado todas las hojas de pruebas y los formularios, la carne misma del sujeto se ha escapado, como una medusa a través de un colador de té. Es muy insensato describir síntomas y signos como si fueran emanaciones fijas del paciente, cuando no son más que reacciones de un momento determinado a un estímulo particular”.
Sacks dibujando con un artista con síndrome del sabio en 1980.
Después de la publicación de su ensayo sobre “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” en la London Review of Books, mi colega del University College Hospital, Gerald Stern, quien me presentó a Oliver, le escribió para felicitarlo. La respuesta de Sacks comenzaba:
“Me alegro de que te haya gustado el fragmento del ‘Sombrero’: resulta un placer especial escribir cosas así (evocan la imagen del paciente con un detalle afectuoso y vívido, y hay una especie de fidelidad y sentimientos correctos, tal como se dan en el contacto clínico) y, espero que también leerlas, al menos para los clínicos ‘chapados a la antigua’ como nosotros”.
Más adelante, escribe que el tema siempre le había parecido que sólo se le venía a la mente, pero que había empezado a darse cuenta de que estaba relacionado con su fascinación por la alteración de la identidad que las enfermedades neurológicas podían causar.
Oliver Sacks era un inconformista, siempre fiel a sí mismo y, en parte debido a su timidez, incapaz de trabajar en equipo. Esta deficiencia, unida a su “excesividad”, generó anticuerpos al interior de la comunidad neurológica y acabó convirtiéndose en un paria. Se le consideraba un bicho raro, pero, paradójicamente, llegó a ser el “neurólogo más conocido del mundo” y uno que inspiraría a muchos jóvenes a llegar a ser neurólogos. En 1967, se dio cuenta de que, a pesar de sus limitaciones, poseía una particular habilidad para reexaminar fenómenos bien conocidos, reflexionar profundamente sobre sus implicaciones y meditar hasta que los secretos ocultos se revelasen. Fue entonces capaz de escribir con gran delicadeza y dignidad sobre la esencia de las personas, de una manera que cautivaba a sus lectores. Él respetaba el modelo médico, pero consideraba que era importante ir más allá y que la medicina era solamente la plataforma para una exploración de las posibilidades del ser humano. En varias cartas se describe a sí mismo como un detective del alma, un neuroanalista, un astrónomo de la mente y un naturalista en la tradición de los buscadores de plantas amazónicos, pero uno especializado en seres humanos más que en la flora o la fauna.
Las interacciones de Sacks con las editoriales le hicieron comprender que necesitaba a alguien que reuniera y organizara sus escritos. Kate Edgar, una experimentada editora, investigadora y “madre sustituta”, llegó a su rescate. Las cartas que ha seleccionado para esta colección son más íntimas, menos reservadas, más directas y tal vez más confiables que algunas de las revelaciones de su autobiografía, En movimiento, publicada poco antes de su muerte. Ellas también arrojan luz sobre las batallas emocionales que libró consigo mismo para encontrar su lugar en el mundo. Las cartas tempranas (las primeras 300 páginas), anteriores a que se hiciera famoso, son algunos de los escritos más formidables que he leído este año y contribuirán a consolidar su reputación literaria, además de ser una fuente importante de material para los futuros biógrafos.
Artículo aparecido en Brain 148-4 (2025). Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia
“Cartas”. Oliver Sacks. (Trad. D. Alou). Editorial Anagrama, Barcelona, 2025, 904 pp.
* A.J. Lees es profesor de Neurología en el National Hospital y en el University College de Londres. Ha recibido numerosos premios por sus investigaciones y trayectoria como neurólogo. Fue director del Instituto Reta Lila Weston del UCL (1998-2012) y es una de las autoridades mundiales en la enfermedad de Parkinson. Es autor de varios libros de su especialidad: Parkinson’s Disease (1982), Tics and Related Disorders (1985) o Alzheimer’s: The Silent Plague (2012), así como de obras históricas o ensayísticas como The Hurricane Port (2011), Mentored by a Madman (2016), Brazil that Never Was (2020) y Brainspotting (2022).
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