Hélène Giannecchini: hablando de uno mismo, hablando de nosotros
* Por Jean-Philippe Cazier
El objetivo de Hélène Giannecchini no es definir la amistad de forma abstracta. La autora se esfuerza por considerarla como una posibilidad subjetiva, ética y política: ¿De qué manera puede la amistad ser la condición para una relación con los demás y consigo mismo? ¿De qué manera puede la amistad ser la condición para otra forma de vida? ¿De qué manera puede la amistad ser la condición para una forma de acción política?
Si bien la amistad es el objeto del deseo en Un deseo desmesurado de amistad, no se trata, por supuesto, simplemente del deseo de una persona solitaria de tener amigos. Lo que se desea es una determinada configuración de la amistad, ciertas posibilidades, un cierto mundo implícito en la amistad que no se da inmediatamente en el acto mismo de ser amigo. La premisa del libro es la siguiente: “Me percaté entonces de que faltaban palabras, de que había vidas que rara vez se contaban. Hoy sé que los relatos se tejen con las grandes voces de la memoria mayoritaria”. El problema aparece si se pertenece a las vidas no contadas, aquellas que no pueden narrarse con las frases de la narrativa mayoritaria. ¿Cómo, en estas condiciones, se puede reflexionar sobre uno mismo? ¿Cómo se puede pensar sobre la existencia, sobre la posibilidad de existir, sobre sí? No poder expresarse, no poder inscribirse en y con la narrativa mayoritaria, equivale a no encontrar un lugar para uno mismo en el discurso colectivo, a no poder formar parte de lo “común”, a no poder ser algo como “sí mismo”. El problema no radica únicamente en la posibilidad de un discurso que sea a la vez para sí mismo y común, sino también en las implicaciones prácticas de esta ausencia de discurso, así como en la obligación de expresarse y pensarse con un discurso que no tiene sentido para uno mismo, del cual el yo queda excluido y no puede encontrar la manera de expresarse —de constituirse— para sí y para los demás.
Hélène Giannecchini no contrapone un discurso colectivo y un discurso individual, el primero como uno que aliena y el segundo como uno que libera. Para la autora, lo colectivo y lo individual forman un quiasmo: si no puedo expresarme a través de un discurso colectivo, solamente puedo hacerlo mediante un discurso colectivo dentro del cual pueda hablar —existir— y que tenga sentido para mí. La distinción no está entre “colectivo” e “individual”, sino entre “mayoritario” y “minoritario”, siendo lo minoritario aquello que no se corresponde con lo mayoritario, lo que esto no dice, lo que de cierta manera excluye, lo que conlleva otras posibilidades, ambos términos son igualmente colectivos (“nuestras existencias adquieren significado cuando las conectamos con las de los demás”). El libro de Hélène Giannecchini se esfuerza por encontrar este discurso, a la vez personal y colectivo, un discurso que sea común , que nos permita reflexionar sobre nosotros mismos y pensar sobre los demás de forma indisociable, un discurso que nos permita pensarnos al interior de un mundo, de una historia, colectivos y comunes (“Donna y yo podemos decir ‘nosotras’, […] nuestras vidas, aunque tan distantes, confluyen en un mismo lugar”), un discurso que difiere del discurso mayoritario y que es una crítica, un desafío. Para la autora, es la noción de amistad y la práctica de la amistad —la amistad como práctica (“la amistad es […] una práctica, un hacer más que una contemplación, una forma concreta de vivir”)— lo que nos permite articular estas exigencias.
Hélène Giannecchini lleva a cabo su investigación de una manera a la vez subjetiva y objetiva; se incluye a sí misma en su investigación a la vez que recurre a materiales externos a ella. La autora se interroga, en tanto que mujer homosexual, busca lo que sería una definición de sí misma como lesbiana, una definición de sí misma basada en su deseo en un sentido que no es solamente sexual, sino también social y político. ¿Cómo definirse en tanto que mujer homosexual desde una perspectiva que no sea la mayoritaria, puesto que esta perspectiva propone —impone— modelos que no necesariamente se corresponden con el deseo individual, sino que también implican una forma de negación de sí como mujer homosexual?
De hecho, el punto de vista mayoritario sobre la homosexualidad no es solamente negativo; puede incluir la homosexualidad siempre que se ajuste a los ideales del punto de vista mayoritario: la aceptación y el reconocimiento serían entonces el medio de una integración que deja intacto el discurso mayoritario sobre el mundo, sobre las relaciones sociales, sobre uno mismo y los demás, sobre la sensibilidad, sobre la sexualidad, etc. ¿Acaso la aceptación y el reconocimiento de los derechos de las personas homosexuales no constituyen, hoy en día, uno de los medios de la reproducción de las normas de un mundo heteronormado, blanco y de clase media? (“Al desconectarnos de nuestra historia, disminuimos nuestro poder; las narrativas minoritarias se silencian porque encierran un potencial de subversión”).
La investigación de la autora surge a partir de la sensación de que este orden y su reproducción no le corresponden, no están conformes a su sensibilidad ni a su deseo: pertenecer a la “minoría”, en este caso, deriva menos de ser lesbiana que de serlo de una manera que no se corresponde con lo que significa ser una mujer lesbiana al interior del discurso mayoritario. En Un deseo desmesurado de amistad, la resistencia al discurso mayoritario se debe tanto a motivos intelectuales, racionales, como a un sentimiento y a un deseo: el enfoque crítico del discurso implica tanta objetividad como subjetividad; la crítica de la norma “universal” implica un enfoque universalizante, racional e individual; la epistemología y la evaluación racional son inseparables de lo personal. El objetivo de la investigación es tanto personal como epistemológico (los “llamados vínculos menores […] rara vez se registran en los archivos y desaparecen con la muerte”), tanto individual como universalizante, tanto singular como político.
Foto tomada en los años de 1970 por Donna Gottschalk, de quien Giannecchini es una estudiosa y curó una exposición.
Hélène Giannecchini lleva a cabo su reflexión recurriendo a su propia historia, a sus documentos personales, familiares —y, en ocasiones, bajo ciertas condiciones, a su imaginación—, así como a textos teóricos y literarios, archivos y fotografías: un conjunto de documentos que permite que la investigación se desarrolle tanto desde la propia experiencia como desde la de los demás, según una modalidad que organiza lo subjetivo y lo objetivo, hace dialogar distintos tipos de documentos, distintos regímenes discursivos, distintos enfoques. La autora no se limita a un corpus predeterminado, dentro de un conjunto homogéneo de documentos cuyo valor estaría definido por la tradición, por la universidad o por prejuicios epistemológicos. Por el contrario, define ella misma los medios de su investigación y construye un corpus heterogéneo, aventurándose con gusto hacia los márgenes del estudio documental: fotografías de familia, historia familiar, archivos menores o inexplorados, relatos personales de desconocidos y estudios escritos por no especialistas, que hace dialogar, de manera igualitaria, con los de teóricos, escritores y artistas reconocidos. Es a través de este “diálogo”, de esta forma, tal vez, de amistad, que el discurso toma forma y produce su sentido.
En este libro, repensar la amistad se presenta como un medio para una nueva lógica de las relaciones intersubjetivas, sociales y políticas, así como de las posibles identidades que implican dichas relaciones. Mediante esta reflexión sobre la amistad, se busca desnaturalizar las relaciones, analizarlas, pero también concebir otras nuevas, fuera de los esquemas e ideas habituales que llevan muy seguido a basar la relación en la “naturaleza”, entendida tanto como un dato biológico y como algo evidente: la familia, la parentalidad, las formas comunes de sexualidad, del amor, etc., acompañada de sus dimensiones institucionales, jurídicas y culturales. La autora muestra cómo las relaciones afectivas, sociales, compartidas se distinguen de una base natural, en particular al destacar formas de relaciones “marginales”, singulares, elegidas, como es un ejemplo su propia familia o la relación entre Minnie y Gloria, basadas en la invención en lugar de en la norma o la “naturaleza”: la relación es inventada, está aún por inventarse y puede inventarse si su forma establecida no es adecuada (“la homosexualidad permite la creación de otros vínculos, la creación de nuevas categorías, el cuestionamiento de ciertos límites y la relajación de ciertas rigideces”).
Si bien Hélène Giannecchini recurre a autores y autoras “clásicos” (Monique Wittig, Roland Barthes, Donna Haraway, Michel Foucault, etc.), uno de los puntos fuertes de su libro reside en su búsqueda de archivos de personas “cualquiera”, cuyas historias sobreviven a través de unas pocas fotografías, unas pocas páginas escritas, unos pocos objetos que dicen poco pero lo suficiente como para ser los signos de una historia, signos frágiles que la autora se esfuerza por desvelar para acoger esta historia, para hacerla perdurar, para convertirla también en un medio de reflexión para ella, para nosotros hoy, un medio activo para una nueva forma de pensar y vivir. El pensamiento y la ocasión para pensar se pueden encontrar prácticamente en todas partes, en cualquier caso, en lugares muy diferentes: en Susan Sontag, en la fotógrafa Donna Gottschalk, cuya considerable obra, sin embargo, es casi desconocida, como en alguna mujer desconocida cuyas huellas se conservan en los archivos de algún centro LGBT+. Esta idea implica, para la investigación y el pensamiento, una redistribución de las jerarquías y una forma de atención al otro, una forma de amistad que aparece como condición del pensamiento y, por lo tanto, de la vida.
Artículo aparecido en Diacritik 16.10.2024. Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia
“Un deseo desmesurado de amistad”. Hélène Giannecchini. (Trad. Á. Gibert). Editorial Anagrama, Barcelona, 2026, 232 pp.
* Jean-Philippe Cazier (1966) es poeta y escritor. Ha colaborado en muchas revistas como Chaoïd, Inculte, Chimères o Diacritik. Ha publicado estudios sobre Deleuze, Foucault, Derrida, Michaux, Chestov. Entre sus libros se cuentan: L’la phrase. L’(2017), Europe Odyssée (2020), Le noir de l’image est plus vaste que l’image (2026).
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