Pareja sentada en un banco frente al mar durante un atardecer, con nubes y tonos anaranjados en el cielo.

El mundo era un amasijo de podredumbre. Obligaciones por allí. Indiferencia por allá, un buen plato para tragar en frío. Sobre todo si lleva como guarnición un poco de soledad.

Pero él conocía el remedio. Un ritual para acabar con todo.

Tras vestir los atuendos adecuados, debía seguir un orden.

Un principio contundente.

Un portazo.

El conjuro era importante.

Pulsó el botón adecuado y le estalló de lleno en los oídos.

Un acorde.

Un verso extraño.

Esa era la señal.

El detonante de lo que debía hacer.

Salir corriendo.

Como en todos los rituales, saludó a los elementos.

Tierra.

La que pisaba.

Un camino sin fin.

Curvas heridas.

Prisa en paz.

Todo bajo sus zapatos.

Agua.

Resbalándole por la espalda.

De nubes tristes
que lloran con rabia,
limpiando el sudor
que tampoco importaba.

Aire.

En la cara.

En los pulmones.

En el grito sordo que cantaba
en voces de otro nombre.

Y por fin.

Fuego.

En la línea del cielo.

La que le cuenta que la noche llegará pronto.

El ritual había terminado.

Contempló el cielo sediento de estrellas.

El sol ahogándose a lo lejos.

Y una voz.

(De una diosa).

—No te pierdes una puesta de sol. ¿Verdad?

—Por nada del mundo. ¿A que es…? —Su respiración le prohibió la palabra.

—¿Bonita?

(Como tú).

—¿Te quedas hoy a mirarla conmigo? —Le suplicó en secreto.

—Claro que sí.

La plegaria quedó en silencio.

Un diseño abstracto en forma de espiral sobre un fondo azul grisáceo.

El sol se despide. Alguien se queda

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Jane´s Addiction – Three Days