Una persona de pie frente a una esfera futurista en un entorno tecnológico y oscuro.

Total, poco le quedaba ya en este mundo. Dos divorcios, un hijo que no le hablaba, un gato que decidió abandonarle por el bueno de su vecino.

Solo tenía su trabajo. Sus tesis. La esperanza de encontrar un mundo distinto.

Y eso era parte del experimento.

Sabía que no había marcha atrás.
Conocía los misterios de la cápsula.

Lo que no sabía era qué encontraría al abrir la escotilla.

Las comunicaciones ya habían sido cerradas.

Unos segundos y tendría que abrir.

Así que lo hizo de golpe.

Salió dispuesto a recibir la bofetada del destino.

Lo que encontró no se lo esperaba.

Un tipo con un matasuegras.
Que disparó su arma con un pitido característico.

—Felicidades, doctor Smith.

—¿Cómo rayos sabe mi nombre?

—Ah, todo el mundo lo conoce. Gracias a usted se conocen los misterios de los saltos en bucle.

—Así que la tercera incógnita era el tiempo y no otra fase del espacio… —dijo en voz alta, pensativo.

—Efectivamente. Su trabajo nos ha ayudado enormemente en las comunicaciones cuánticas. Usted diseñó el prototipo; otros científicos le dieron otras utilidades.

—¿Lograron la función negativa?

—No. Hasta ahora nadie puede viajar al pasado. Y al futuro tampoco. Eso se fue con usted y con la explosión de su laboratorio cuando partió.

—¿Y cómo lograron…?

—Copiaron en parte su trabajo. Luego… pues eso. Comunicación en tiempo real desde cualquier lugar del universo.

—¿Me está diciendo que hay viajes a otros mundos?

—Anda, pues sí, solo que a quien se va le cuesta la vida volver.

—¿Por efectos de la relatividad?

—No, no. Por lo costoso que es abrir un túnel interdimensional. En parte, también gracias a usted.

—¿Que sean caros?

—No, no. Que existan.

—Entonces… ¿soy un científico famoso?

—Mmm… Sale en los libros de historia.

—Pero no soy un desconocido.

—Se le atribuyen unos cuantos milagros de la ciencia. Alguno de ellos, creo que no es obra suya. Usted nunca cocinó un huevo al salto cuántico, ¿verdad?

—¿Qué?

—Ya me parecía a mí.

—A todo esto, ¿quién es usted? ¿Y qué hace aquí? ¿Algún colega físico?

—Ah, no. Ya no hay físicos.

—¿No? ¿Ya no hay nada más que descubrir?

—No. Ahora los asuntos de ciencia los lleva la inteligencia artificial.

—Claro. Cómo no.

—Al igual que la política, la economía…

—Entonces, ¿quién es usted?

—Doctor Benítez. Arqueólogo.

Ícono de reloj con flecha circular, representando el tiempo y el ciclo.

El futuro no era lo que esperaba

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