Creo que alguna vez os he comentado que en mis tiempos de Erasmus compartí casa en Inglaterra con una chica de Madrid, estudiante de Derecho, de familia “bien”, a cuyo hermano vi por la tele de invitado en la boda de Almeida. Su tío fue uno de los padres de la constitución. Ese tipo de apellidos compuestos y de familia “bien”.
Aunque veníamos de lugares y vivencias muy diferentes hicimos muy buena amistad ese año y los siguientes la intentamos mantener, pero al final perdimos el contacto.
Desde hace un tiempo, vía Linkedin, nos vamos siguiendo nuestros avances profesionales. Más ella los míos (mi errática vida de autónoma) que yo los suyos (su trabajo estable en la misma empresa “bien” desde hace más de 20 años). Cada vez que publico algo sobre mi pueblo, alguna entrevista sobre Casa tía Julia o algún artículo en el que salgo, ella es la primera en ponerme un “me encanta”, un corazoncito rojo que es una manera moderna de decir “me acuerdo de ti, te sigo apreciando, me alegran tus logros”.
A veces pienso en escribirle un mensaje privado y preguntar “¿qué es de tu vida? yo también me acuerdo de ti, te recuerdo con el mismo cariño que nos tuvimos entonces”. Me entran ganas de invitarla a mi casa y ponernos al día. Siempre descarto la idea porque sé que estamos en mundos muy distintos y supongo que esos mundos no se mezclan.
Pero yo recuerdo aquella amistad que nos tuvimos con infinito cariño, como algo excepcional que una vez se dio por puro azar y que me ayudó a crecer. Y ese pequeño gesto suyo en Linkedin, por frío y tecnológico que parezca, es también una pequeña linterna que ilumina a las personas que fuimos hace muchos muchos años y que por un breve instante volvemos a ser.
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