machine against the rage

Woodstock 99. Rage Against the Machine cierra su actuación con «Killing in the name». En un momento de la presentación, Tim Commeford le prende fuego a la bandera norteamericana que cubre el amplificador de su bajo. Cuando la canción termina y la bandera arde por completo, los músicos dejan el escenario rápidamente. Es el mismo Woodstock del que han hecho algunos documentales: porque fue una tragedia, porque algunos de los chicos blancos yanquis que asistieron se dieron chipe libre para comportarse como unos criminales, porque (esto lo dice Moby) parecía el vaciamiento absoluto de un espacio que antiguamente convocó a la contracultura y ahora recibía a estos jóvenes reaccionarios, violentos e idiotizados por los riffs de Wes Borland y la actitud de idiota desenfadado de un Fred Durst que aleonaba a esa masa a portarse peor.

La relación entre los ejemplares más incel del comillas metal alternativo y la imagen de una juventud blanca, altamente misógina y probablemente pro Trump no es algo extraño. Recuerdo una escena de un documental de Michael Moore donde un soldado gringo en Irak canta «The roof is on fire» en la versión de Coal Chamber («We don’t need no water let the motherfucker burn» en el contexto de la invasión a Irak suena escalofriante). O al protagonista de The card counter de Paul Schrader, y sus flashbacks horrorosos al escuchar death metal (nos enteramos en algún momento que esa es la banda sonora que el ejército ocupaba para torturar rehenes en Guantánamo).

Es en parte la razón por la que Pascal Quignard escribe El odio a la música: «De todas las artes, la música es la única que colaboró en el exterminio de los judíos de 1933 a 1945. Es el único arte requerido como tal por la administración de los Konzentrationlager. Hay que subrayar, para su deshonra, que este arte es el único que se acomodó a la organización de los campos, al hambre, al despojo, al trabajo, al dolor, a la humillación y a la muerte». Sabemos de asesinos seriales (esos personajes tan pregnantes para la industria del true crime) que torturaban a sus víctimas con los Beatles de fondo, de las radios encendidas al interior de Villa Grimaldi. El oído no tiene párpado y esa es la tragedia del torturado.

Ahora un corte. Chile, 2026: el equipo comunicacional de José Antonio Kast usa una canción de Rage Against the Machine para musicalizar las imágenes de la Operación Cancerbero. Émulo orgulloso de Bukele, el gobierno trasladó a unos 700 reos de alta peligrosidad a la nueva cárcel de Talca. En el video vemos los vehículos en la cinco sur, los presos saliendo esposados y uniformados, planos de Kast y sus funcionarios caminando entre los pasillos de un reluciente centro penitenciario.

Que los videoclips de Rage Against the Machine hagan referencias a Sendero Luminoso, los zapatistas o hagan un homenaje a Víctor Jara en su visita a Chile parece un dato secundario, menor e insignificante: suenan bien con esas balizas, riman en siniestra complicidad con la concreción de los sueños húmedos de la mitad más reaccionaria del país (o ese es el mensaje, si podemos ponerlo en esos términos). Es como un détournement situacionista ejecutado por la derecha. Podrían haber escogido a Limp Bizkit, pero le tocó a Zack de la Rocha, que en este maremagnum de locura puede ser citado por Kast y Salvaje Decibel al mismo tiempo. Si triunfó la vida de derechas (para citar a Silvia Schwarzbock), entonces todo puede ser de derecha: lo mismo Silvio Rodríguez que los Quincheros, lo mismo los Panteras Negras que un rapero anticomunista.

Pero claro que no: es cosa nada más de ponerle play, por ejemplo, a «Triste funcionario policial» de Mauricio Redolés, que nunca tocó en Woodstock, pero sí que supo de todas las derivas y complejidades del encuentro entre la cultura de izquierdas y la cultura de masas (un joven militante comunista escuchando los Beatles), de las cárceles y los chistes que las desactivan (aunque sea parcialmente), de la consigna como otra forma de la literatura popular (y sus permanentes flirteos con la vanguardia más vanguardia de las vanguardias, sea como escritura expandida o como objeto encontrado). Capaz ahí hay una clave (y un territorio liberado, como dice en el blues de Santiago).