Aprender a sentir la naturaleza
* Por Gianfranco Marrone
Desde hace algún tiempo, la naturaleza ha comenzado a convertirse en sospechosa. Después de haber luchado durante mucho tiempo contra ella como la fuente de todos los males, un obstáculo para la civilización y la historia, y después de haberla rescatado persistentemente de aquellos que, indiferentes, la estaban destruyendo, ha llegado el momento de decir adiós a su tan proclamada evidencia. Empezamos a preguntarnos de qué se trata exactamente. Y cuál es su sentido: para nosotros, por supuesto, que de alguna manera (¿de qué manera?) formamos parte de ella, pero también para sí misma, con sus dinámicas que, tal vez, prescinden de nosotros por completo. Preguntarse filosóficamente sobre el sentido de la naturaleza, como lo hace ahora Paolo Pecere, significa que se debe abandonar la posición estereotipada del pensador solitario y fuera del mundo, para adentrarnos en la naturaleza, sumergirnos en ella, experimentar sus fuerzas y formas, variaciones y variedades, para después, inevitablemente, narrar estos viajes.

Paolo Pecere, profesor de filosofía en la Universidad de Roma Tre.
Lo que resulta de eso es un mapa donde se cruzan siete caminos diferentes, donde incluso la ciudad, al principio, y la casa, al regreso, forman parte de esta nueva exploración del planeta Tierra. Viajando por medio mundo, desde los parques americanos hasta las Islas Galápagos, desde el Tíbet hasta la Amazonia, nos encontramos con plantas que acariciar y animales a los que mirar a los ojos, pero también con muchos autores, desde Emerson hasta Darwin, desde Humboldt hasta Descola, desde Linneo hasta Kant. El problema se plantea fácilmente: aprender a sentir la naturaleza, a percibirla, a reconocerla, a asegurar que siempre reaparezca en relación con el filósofo-viajero-escritor que está allí, hic et nunc, para cuestionarse a sí mismo mientras admira sus características. Desde este punto de vista, el título del libro puede ser leído de otra manera: el sentido de la naturaleza no es solamente el significado que le atribuimos, sino también la capacidad de percibir su aparición, diferente cada vez, el saber entrar en contacto con ella. Tener un sentido de la naturaleza (como cuando decimos tener un sentido del ritmo, de la orientación, del tiempo…) es un don, pero también una aspiración. Así, la apuesta conceptual (técnicamente: la epistemología presupuesta) es bastante clara: no existe una oposición radical entre el sujeto que conoce y el objeto a conocer, como afirma gran parte de la historia de la filosofía, que a menudo se apoyan mutuamente mientras se ignoran. La naturaleza y el hombre, en todo caso, se determinan mutuamente, para luego disolverse la una en el otro.
Queda el problema de qué hacer con esta falta de evidencia, dado que ningún ecologismo, ya sea ligero o profundo, ha logrado (todavía) interrumpir, y mucho menos frenar, la terrible marcha hacia las catástrofes climáticas, la extinción de especies enteras, la desertificación y otros placeres semejantes. Y aquí el filósofo tiene algo que decirnos: el problema es a la vez más amplio y más preciso, porque concierne a nuestra relación con la alteridad, con aquello que nos es desconocido pero que, tal vez, es mucho menos diferente de nosotros de lo que parece. El sentido de la naturaleza adquiere así un significado adicional: necesitamos reflexionar sobre la naturaleza, sobre su rumbo, sobre su futuro. Que es también el nuestro.
Artículo aparecido en La Stampa 20.04.2024. Se traduce con autorización de su autor. Traducción: Patricio Tapia

“El sentido de la naturaleza”. Paolo Pecere. (Trad. X. González). Editorial Anagrama, Barcelona, 2025, 500 pp.
* Gianfranco Marrone es profesor en la Universidad de Palermo, Italia. Sus intereses incluyen desde los medios de comunicación y la estética a la teoría literaria. Entre sus últimas publicaciones se cuentan: Nel Semiocene (2024), Gustoso e saporito (2022), La fatica di essere pirigri (2020), Prima lezione di semiotica (2018) y La técnica de Ludovico (2005; Universidad del país vasco, 2009).
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