Cómo la mente crea burbujas de idealización en el amor y la política, y el camino para despertar.
Existe una diferencia abismal entre lo que una persona o una ideología es en la realidad y la película que nuestra mente proyecta sobre ellas. Este fenómeno, que bien podemos llamar la creación de una burbuja de idealización, es uno de los sesgos más peligrosos y comunes de la conducta humana. Ocurre cuando el cerebro, impulsado por la necesidad de pertenencia, seguridad o romance, decide ignorar los datos reales para quedarse con una versión perfecta y ficticia de las cosas. El peligro de habitar este engaño es que, tarde o temprano, la realidad termina por golpear con fuerza, dejando a su paso frustración en lo personal y fanatismo destructivo en lo social.
A nivel individual, este sesgo se alimenta de la proyección. Cuando idealizamos a una pareja, no nos relacionamos con el ser humano real que tenemos enfrente, sino con un molde de perfección que nosotros mismos fabricamos para saciar nuestras carencias. En la política el mecanismo es idéntico pero a gran escala. La gente deja de evaluar los resultados prácticos de un partido o ideología o las acciones de un líder para volverse devota de un dogma. Cuando el ídolo o la postura política cometen un error evidente, el cerebro experimenta un malestar tan profundo que prefiere sacar las cosas de contexto o inventar conspiraciones antes que aceptar que la burbuja se rompió. El fanático justifica cualquier mentira porque está enamorado de la idea que le vendieron, entregando por completo su criterio propio.
Romper este cautiverio mental requiere un esfuerzo consciente y una buena dosis de madurez. El primer paso para pinchar la burbuja es practicar la observación objetiva, lo que en psicología llamamos confrontación con la realidad. Esto significa evaluar a las personas y a los movimientos políticos por sus hechos repetibles y comprobables, no por sus promesas ni por el discurso emotivo que nos hace vibrar. También es fundamental exponernos voluntariamente a puntos de vista diferentes sin ponernos a la defensiva, entendiendo que dudar de nuestras propias certezas no nos debilita, sino que nos vuelve inmunes a la manipulación. Desactivar la idolatría y aceptar la imperfección del entorno es el único camino real para recuperar el control de nuestra mente y comenzar a vivir en el mundo real.
M. P., MSc. en Psicología Clínica

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