Un análisis sobre la desconexión de la realidad y los excesos autocráticos en las crónicas de la antigüedad.
El ejercicio del poder absoluto en el mundo antiguo funcionó de forma repetida como un disparador de conductas extrañas y graves alteraciones en la mente de los gobernantes. Cuando el mando de una persona se consolida sin la existencia de límites o leyes que controlen sus decisiones, el sentido común se pierde, permitiendo que las obsesiones personales se transformen en leyes obligatorias para todo el pueblo. Historiadores antiguos como Suetonio, Tácito y Dion Casio dejaron constancia escrita de cómo la impunidad total cambiaba la forma de ser de los emperadores en Roma, llevándolos a creer que eran dioses vivos y a realizar acciones que dañaban la economía y la lógica de sus propios imperios.
El caso de Cayo Julio César Augusto Germánico, a quien todos conocen por su apodo de Calígula, es uno de los ejemplos más claros de esta situación. Durante su gobierno, que duró del año 37 al año 41 de nuestra era, este joven monarca mostró un desprecio total hacia los legisladores del Senado y las costumbres de su país. Entre sus locuras más costosas se encuentra la orden de construir un puente flotante hecho con barcos unidos que medía más de 3 kilómetros de largo entre las localidades de Baías y Puteoli. Su única intención era cabalgar sobre él usando la armadura real del general Alejandro Magno, gastando con esto una enorme fortuna del dinero público. Además, los libros de historia detallan que tenía la intención formal de nombrar cónsul a su caballo de carreras, llamado Incitatus, un acto para humillar a los políticos de la época demostrando que un animal podía ocupar el cargo más alto bajo su mandato.
Años después, el emperador Nerón Claudio César Augusto Germánico, quien gobernó del año 54 al año 68, dirigió sus obsesiones hacia el arte y las construcciones gigantescas. Luego del gran incendio que destruyó la mayor parte de la ciudad de Roma en el año 64, este gobernante quitó grandes extensiones de terrenos a los ciudadanos para construir la Domus Aurea, un palacio enorme cubierto de oro, nácar y piedras preciosas que tenía un lago artificial y una estatua de sí mismo de 30 metros de alto. Como estaba convencido de ser un músico y poeta sin igual, obligaba a la gente a quedarse en sus espectáculos de lira durante horas sin permitir que nadie saliera del teatro, provocando que algunas personas fingieran desmayos o partos para poder escapar del lugar. Su desconexión con la realidad fue tan grande que, cuando estallaron las revueltas militares que terminaron con su gobierno, él prefería planear viajes artísticos por Grecia en lugar de dirigir a sus soldados.
En el siglo III, el comportamiento de Vario Avito Basiano, llamado Heliogábalo, llevó las extravagancias a un nivel extremo en la capital del imperio. Coronado a los 14 años en el año 218, el joven gobernante intentó cambiar por la fuerza la religión de Roma para obligar a todos a adorar al dios sol sirio El-Gabal, del cual él mismo era sacerdote. En sus cenas servía comida que imitaba al oro, ponía cojines rellenos con plumas de pavo real y soltaba animales salvajes domesticados en medio del comedor solo para divertirse con el miedo de sus invitados. Su desprecio por las instituciones y las tradiciones, sumado al gasto descontrolado del dinero del Estado, creó un ambiente de descontento que terminó con su asesinato por parte de la Guardia Pretoriana en el año 222.
Este tipo de conductas no ocurrió solamente en Roma. En las dinastías de Egipto y Siria, los reyes se ponían el título de Epífanes, que significa Dios Manifestado, para que cualquier capricho fuera legal ante la población. La historia demuestra que estos delirios de grandeza no eran casos aislados de locura, sino el resultado directo de un sistema donde la voluntad del rey no tenía ningún freno. El estudio de estos personajes demuestra que el aislamiento y las alabanzas constantes anulan la capacidad de pensar bien, convirtiendo el gobierno de los pueblos en un tablero para los caprichos más extraños de la mente humana.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso

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