Una explicación sencilla sobre la corriente psicológica que cambió las palabras por las acciones.

Durante los primeros años del siglo veinte, la psicología se encontraba en un laberinto confuso donde los especialistas intentaban adivinar qué pasaba dentro de la mente de las personas a través de los sueños y los pensamientos abstractos. Cansado de estas teorías que nadie podía comprobar en un laboratorio, un psicólogo estadounidense llamado John Watson propuso una idea radical que transformó la ciencia por completo. Su propuesta consistía en dejar de lado el alma y la conciencia para enfocarse únicamente en lo que sí se puede ver, medir y pesar, es decir, el comportamiento del ser humano. A partir de ese momento nació el conductismo, una escuela de pensamiento que asegura que nuestras acciones no son el resultado de fuerzas invisibles, sino de una serie de aprendizajes provocados por el entorno en el que vivimos.

La regla de oro del conductismo es el esquema del estímulo y la respuesta, un mecanismo que explica que ante cualquier señal del mundo exterior, nuestro cuerpo reacciona de una forma específica. Poco tiempo después, otro científico fundamental llamado Skinner llevó esta idea un paso más allá al descubrir que las personas repetimos o abandonamos conductas dependiendo de las consecuencias que recibimos de inmediato. Si realizas una acción y el mundo te premia con algo agradable, tu cerebro registra esa experiencia y aumenta las probabilidades de que vuelvas a actuar igual en el futuro. Por el contrario, si tu comportamiento genera un resultado incómodo o un castigo, el cerebro activa una alerta y debilita ese hábito hasta que desaparece por completo, demostrando que somos criaturas moldeables que se adaptan para sobrevivir.

En la actualidad, aunque sabemos que el cerebro es mucho más que una máquina de respuestas mecánicas, el conductismo sigue operando de forma invisible en casi todas las áreas de nuestra vida diaria. Las aplicaciones de los teléfonos celulares, los sistemas de puntos de los videojuegos y las estrategias de publicidad comercial utilizan estos mismos principios de recompensa constante para mantenernos enganchados a las pantallas durante horas. En el ámbito clínico, esta corriente médica evolucionó para crear terapias muy eficaces que ayudan a miles de personas a superar fobias extremas y adicciones severas mediante la reconfiguración directa de sus hábitos. Este enfoque nos enseña que no estamos amarrados a un destino genético, pues si todo comportamiento es aprendido, eso significa que también tenemos la capacidad de desaprenderlo para construir una vida mucho más libre.

M. P., MSc. en Psicología Clínica

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