Jaime no llevaba ni un mes viviendo en su nuevo piso cuando empezaron los problemas. Primero ruidos por las noches, que achacó a los vecinos. Después, cañerías que se atascaban de forma intermitente. Los fontaneros cambiaban un par de piezas o limpiaban el sifón y todo parecía ir bien, pero los atranques se sucedían con tanta frecuencia que dejó de prestarles atención. Cuando la tele empezó a hacer cosas raras, su preocupación creció. Sobre todo un día que estaba tan harto de todo que desenchufó el aparato, y aun así se encendió.

¡Cómo gritó ese día! Tanto que despertó a los vecinos y se presentaron en su puerta para cantarle las cuarenta. Él intentó explicarles que el piso estaba maldito, pero un miércoles a las 2 de la madrugada no es el mejor momento para mantener una conversación razonable en el rellano de la escalera. Sobra decir que esa noche no pegó ojo. Empezó a sospechar que las voces y las risas que oía no se filtraban por las paredes como había creído hasta entonces. Había alguien más ahí.

Desde esa noche, los sucesos paranormales no le dejaban ni un día de descanso. Estaba perdiendo la cabeza, pero su economía no le permitía dejar el piso tan pronto. Tenía que resistir al menos un par de meses más en esa casa de la locura para poder optar a otro alquiler. Intentó solucionar el problema él mismo con la ayuda de Google y ChatGPT. Por supuesto, nada funcionó. Estaba tan desesperado que incluso contrató a un santero para limpiar la casa de espíritus, pero de nada sirvió.

Había perdido toda esperanza cuando coincidió con una vecina en el ascensor.

–¡Qué mala cara traes! ¿Te encuentras bien? –La verdad es que he perdido la cuenta de las noches que llevo sin dormir. Mi piso está maldito. –¡Qué me dices! No será para tanto. –Pues no sé qué decirte, pero no paran de pasar cosas raras. Los espíritus me están atormentando. –¿No creerás tú en fantasmas y esas cosas? Tan joven y con cuentos de viejas. Anda, ven que te invite a un café y solucionamos esto hoy mismo.

Jaime aceptó el ofrecimiento por inercia, porque el insomnio le había arrebatado el sentido del juicio. Jacinta, la vecina, le condujo a un salón muy similar al de su propio piso, aunque más luminoso y mejor amueblado. El café y la charla insustancial le sentaron bien. Un descanso de tanta locura. Además, Jacinta le aseguró que se iba a encargar personalmente de poner fin a sus problemas. Le dio una botella de plástico reutilizable que tenía algo dentro, parecía arroz, y le dijo que cuando llegara a casa la abriera con cuidado de no derramar nada y repitiera en voz alta las palabras que le había apuntado en un papel.

Dicho y hecho. Nada más cruzar la puerta de su piso, Jaime abrió la botella, la dejó encima de la mesilla de la entrada y leyó en voz alta lo que le había escrito Jacinta. Se oyó un ruido de movimiento de muebles en la cocina y luego unos pasitos que se dirigían hacia él. Entonces los vio. Dos seres verdes con forma de humanos de apenas un centímetro y medio de alto avanzaban con paso firme hacia la botella. Treparon por ella y cayeron dentro. Jaime la cerró afianzando el tapón y puso fin así a las tropelías de los duendes.

Esa noche durmió a pierna suelta. Le costó Dios y ayuda levantarse cuando sonó el despertador, pero lo hizo. Aunque seguía teniendo sueño atrasado, era un hombre nuevo. Por fin podía concentrarse y hacer su vida sin miedo a fenómenos paranormales.

Cuando llegó a casa, fue a ver a su vecina Jacinta para agradecerle su ayuda. Una vez ahí, se sintió mal por no haberle llevado ningún regalo.

–Hola, Jacinta. Venía a darte las gracias por lo de ayer. Debería haberte traído algo, soy un desastre. –Deja, deja. A mis años mucho es que alguien se acuerde de mí –repuso la anciana. –Por cierto, ¿qué debo hacer con el bote ahora que está lleno? –Pues lo que tú quieras. Mientras estén ahí dentro no te van a molestar. Yo con los míos me llevo muy bien, me hacen compañía. –¿No son peligrosos? –Pueden serlo, pero solo si no los tratas como es debido. Acuérdate de meterlos en la botella antes de que se desmadren y listo.

Con cautela, Jaime siguió el consejo de su amiga y vecina. Al principio iba con pies de plomo y, por qué no decirlo, bastante miedo. Con el paso del tiempo, sin embargo, llegó a entablar una bonita amistad con Tripi y Tropi, los duendes domésticos que le habían tocado en suerte.

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