Las noches de viernes son las peores; y si juega el Barça, ni te cuento. Además, no ha parado de llover en todo el día. No es que jarree, ni mucho menos, pero no es agradable andar por la calle. A Bilal no le queda otra, claro. Se va a pasar unas cuantas horas repartiendo pizzas en la moto de la empresa. Encima, ya nadie da propina. Qué asco de curro.
Llega a su quinto destino de la noche. Es un barrio de las afueras, de esos que tienen bloques enormes que rodean descampados de tierra donde los vecinos aparcan los coches a bulto. La dirección no coincide con ninguna vivienda. Ya estamos; le toca llamar a central.
—Hola, soy Bilal. Estoy en Santa María y no existe el número 27. Todos los portales son pares. Me da que nos han vacilado.
—Un segundo, que compruebo. —Tras un breve rato de espera, llega la respuesta—: No creo que sea una broma, tío. Lo han pagado y todo.
—Pues ya me dirás. Estoy aquí, a tomar por culo, en un barrizal y con la lluvia calándome los huesos.
—¿Qué dices? Si es un pedido para el centro. Calle Puerto de Santa María 27. ¿Dónde estás tú?
—¡No me jodas! Aquí pone “Santa María 27”. Estoy en Can Susqueda, en la plaza de Santa María.
—Anda, que ya te vale, Bilal. Tira para el centro, venga.
De camino al destino correcto, le dan el alto en un control de los Mossos d’Esquadra. Mientras le piden la documentación, revisan el baúl, abren las cajas de pizzas y le preguntan las mismas tonterías de siempre, el teléfono del repartidor no para de vibrar. Cuando por fin puede reanudar la marcha, ve que tiene quince avisos de central. El cliente está muy enfadado por la espera. Al menos ha parado de llover.
Se apresura para llegar cuanto antes. No tarda ni cinco minutos en recorrer un trayecto que, según Google Maps, requeriría el doble. Llama al timbre y le contesta el cliente, cabreado:
—¡A buenas horas! ¡Van a estar ya congeladas! ¡Te vas a meter las pizzas por el culo, imbécil!
Qué hijos de puta. Como si fuera culpa suya que hayan anotado mal la dirección y le hayan parado los mossos. Está bastante harto del día de perros que está teniendo. A su lado, hay una plazoleta prácticamente vacía y un banco que, a pesar de estar mojado, le invita a tomarse un merecido descanso. Al fin y al cabo, ya está empapado. Se sienta y abre la primera caja. Una cuatro estaciones. Es verdad que está fría, pero a esas horas entra de vicio.